SE7ECIENTOS

Lo humano y la letra

CUADERNO DE CAMPO

9/4/20263 min read

Siete siglos nos separan de la llegada de un grupo desplazado que ocupó un islote al que le otorgarían el nombre de México. El diseño de los cimientos que sostendrían a la gran capital del futuro imperio fue la tarea de los tlamatinime (sabios-filósofos), quienes crearon la escena mitológica del águila posada sobre el nopal para dotar de sentido y signo al imperio. Estas señales terrenales, que conectan la experiencia humana con aquello que nos trasciende, fueron y son todavía el sostén simbólico de la colosal ciudad pétrea de Tenochtitlán.

Si bien aquella sociedad se consideraba continuadora y conservadora de los altos valores toltecas de la serpiente emplumada - Quetzalcóatl -, con el pasar de los siglos, los pobladores actuales modificamos, distorsionamos y falseamos tanto el símbolo como la materia y diseño de la ciudad, atribuyéndole nuevos sentidos, espiritualidades y formas de habitarla. Este proceso incluye la gran invasión europea, la instauración de un virreinato con su religión y cosmogonía. Mientras tanto, las otrora piedras sagradas se exhiben en museos como artefactos impenetrables.

Pero esta continua reescritura ya había sido practicada desde antes de que México se erigiera como imperio prehispánico: uno de sus gobernantes, Izcóatl, había comprendido la necesidad de un pasado renovado que sustituyera la memoria de una sociedad nómada y mercenaria a fin de que asumiera una identidad más noble. De manera que mandó destruir todo registro de las penurias que hasta entonces habría sobrevivido el pueblo de Huitzilopochtli para proveerle de un relato que sirviera de fundamento e inspiración para alcanzar un destino glorioso. La fisionomía multi-estratificada, convulsa y prolífica de la ciudad asentada todavía sobre las fauces de la telúrica diosa Tlaltecuhtli, de vez en cuando se sacude para recordarnos que es la exigente madre de nuestra era.

Siete siglos más tarde, por ocurrencia política o por afán de “celebrar” la multiculturalidad de la nación moderna, se montan espectáculos donde aparecen pirámides Mayas sostenidas por estructuras tubulares en lo que fuera el epicentro del imperio mexica. Estas mismas estructuras recubren la catedral virreinal requerida de mantenimiento a fin de ser no solo santuario sino sitio turístico obligado. Es este andamiaje el que nos recuerda el continuo proceso de preservación, distorsión, reinvención y búsqueda de significado del que la gran ciudad se ha vuelto escenario hasta quedar convertida en un enorme palimpsesto salpicado de ventanas arqueológicas. El trazado mesoamericano, la “reinterpretación” de las pirámides y la rehabilitación de los santuarios de la religión europea en un mismo espacio son un recordatorio del infinito montaje cultural que es la Ciudad de México.

Las actuales avenidas de asfalto, se deforman y llenan de cráteres cada temporada de lluvias para recordarnos la naturaleza lacustre del territorio. El asfalto “licuado” y las tapas del drenaje que actualmente desagua las vías modernas todavía son decoradas con la imagen de Tláloc - menuda tarea para el que fuera exaltado, junto con el propio Huitzilopochtli, en lo más elevado de la imponente pirámide dual del Templo Mayor.

En esta búsqueda de los antiguos dioses, aparece repentinamente, sobre las superficies oscuras y reflejantes de las fachadas, el misterioso espejo humeante de Tezcatlipoca, al que se tenía entre los muy principales. La imagen de una edificación aparece fugaz sobre otra, según el efecto de la luz y la posición del que mira y se mira. Lo que devuelven es algo más que un simple reflejo sino que se manifiesta como auténticas visiones en las que distintos siglos se interceptan. Multitudes de espejos oscuros circulan hoy día en las manos de todos; pantallas y cámaras que capturan el reflejo, ríos flotantes de imágenes numéricas. Sería deseable que este culto a la imagen, al igual que en tiempos antiguos, contribuyese a la invención de una memoria noble desde donde sea posible soñar un nuevo imperio.

En tanto que permanezca el mundo no acabará la fama y la gloria de México-Tenochtitlán.

Memoriales de Culhuacán